De la experimentación al impacto: las misiones entran en una nueva etapa
Tras dos días de debate sobre políticas de innovación orientadas a la misión, la Conferencia Mission Forward de la OCDE, celebrada en París con la participación de más de 300 representantes de unos veinte países y organizaciones internacionales, ha puesto sobre la mesa una idea compartida por gran parte de la comunidad: las misiones han alcanzado un momento decisivo.
Tras unos años centrados principalmente en el diseño, la gobernanza y la implementación, las misiones deben demostrar ahora que son capaces de generar impactos tangibles y transformar la forma de hacer política pública.
La conferencia ha demostrado que las misiones ya están dando resultados. Lo hacen tanto en los desafíos específicos que se proponen abordar como en la transformación de los sistemas de innovación, y lo hacen generando nuevas alianzas, movilizando actores diversos, introduciendo nuevas formas de financiación y evaluación, y promoviendo nuevas formas de trabajo dentro de las administraciones y entre ellas y los actores implicados.
El siguiente reto: pasar de promesas a impacto
Uno de los mensajes más repetidos en los distintos debates ha sido la necesidad de cambiar el enfoque. Si hasta ahora gran parte del debate se ha centrado en cómo se despliegan las misiones, el siguiente paso debe ser mostrar lo que logran.
También se ha destacado la necesidad de avanzar en uno de los grandes desafíos pendientes, como la evaluación. Es necesario definir métricas comprensibles y útiles para los responsables de la toma de decisiones y asignar recursos, pero que al mismo tiempo nos permitan capturar resultados que no siempre pueden predecirse desde el principio.
En este sentido, es necesario definir desde el principio cuál es la historia que se contará en 2030 (un plazo más repetido para la mayoría de las misiones, como las del Compromiso Metropolitano de 2030) y construir los datos y sistemas de monitorización necesarios para poder demostrarlo. Al mismo tiempo, las misiones deben mantener suficiente flexibilidad para incorporar impactos y efectos positivos que no se previeron inicialmente.
Continuidad, ambición y capacidad de adaptación
La consolidación de las misiones también requiere continuidad política y financiera. Una de las advertencias más repetidas ha sido que el momento actual es particularmente frágil y que aún no hay suficiente impulso para garantizar que las misiones tengan los años necesarios para transformar las políticas de innovación.
La cuestión no es necesariamente ampliar las misiones ni hacerlas más ambiciosas. Al contrario, es necesario advertir del riesgo de cambiar constantemente los objetivos o ampliar su alcance. Por ello, ha quedado claro que limitar la ambición de una misión no significa fracasar, sino reconocer lo que es capaz de lograr y crear las condiciones para aprender a generar un nuevo ciclo de acción.
Esta capacidad de adaptación también es necesaria ante un contexto político cambiante. El enfoque tradicional whole-of-government (que presupone una coordinación transversal y estable de todo el gobierno) puede ser difícil de sostener en contextos de mayor polarización política y coaliciones de cambio de gobierno. La propuesta que surge es avanzar hacia una especie de caja de herramientas flexible y resiliente, capaz de adaptarse a diferentes realidades institucionales y políticas.
Más sector privado, más demanda y más despliegue
Otro de los principales desafíos identificados es la implicación del sector privado, que sigue siendo insuficiente y a menudo llega demasiado tarde. Según la encuesta de misión de la OCDE presentada durante la conferencia, el 43% de las misiones identifica la implicación del sector privado como uno de los principales retos para el futuro. Sin embargo, la participación empresarial no debería limitarse a la cofinanciación, sino que implica incorporar a las empresas en las orientaciones y gobernanza de las misiones, cumpliendo su compromiso y conectando los objetivos de las misiones con sus propias estrategias.
Esto es especialmente importante en la fase de despliegue. A menudo, la misión termina precisamente cuando las soluciones desarrolladas deben llegar al mercado. Esto requiere una mezcla más amplia de instrumentos, incluyendo medidas impulsadas por la demanda, contratación pública innovadora e instrumentos de inversión.
En este sentido, la conferencia también ha destacado que las misiones no son solo instrumentos para abordar los desafíos sociales. Pueden contribuir a transformar mercados y cadenas de valor y a movilizar la inversión privada, manteniendo al mismo tiempo la dirección y dimensión del bien público que las caracterizan.
Conectar Europa, estados, regiones y ciudades
Otra área de trabajo es la relación entre los distintos niveles de gobierno. Aunque el papel de las regiones y los gobiernos locales en el despliegue de las misiones suele ser más evidente, sigue existiendo una cierta brecha en la articulación con el nivel estatal. Una de las propuestas presentadas es aprovechar los planes nacionales y regionales como mecanismos para conectar las misiones europeas con las prioridades de cada territorio.
La idea es entender esta relación como una oportunidad de beneficio mutuo, consistiendo en el hecho de que no se trata simplemente de que los gobiernos nacionales o regionales "financien las misiones", sino de identificar qué pueden aportar las misiones para alcanzar sus propios objetivos.
En este sentido, se dio el ejemplo de Austria, donde se ha trabajado para adaptar la misión de las 100 ciudades neutras en carbono promovidas por la Unión Europea, que incluyen 7 ciudades españolas, entre ellas Barcelona, al contexto nacional.
El valor de las misiones también es lo que dejan atrás
Uno de los elementos más interesantes del debate fue la reivindicación del legado de las misiones. Más allá de los resultados directos, las misiones pueden dejar nuevas alianzas, capacidades institucionales, formas de colaboración entre administraciones y actores sociales, nuevos instrumentos y nuevas formas de trabajar.
Este legado debe ser reconocido, protegido y, cuando sea relevante, integrado en las políticas públicas convencionales, incluso cuando una misión llega al final de su trayectoria. Este asunto será especialmente relevante a medida que algunas misiones se acerquen a su fase final. Según la encuesta de la OCDE de 2026, solo el 27% de las misiones cuentan actualmente con un plan de transición o terminación. La planificación de la salida y el legado de las misiones será una de las prioridades de trabajo anunciadas para 2027 para el Mission Action Lab, la red de instituciones y organizaciones de todo el mundo que trabajan por misión (a la que pertenece el PEMB).
Una comunidad que ya no habla solo de conceptos
El mensaje final de la conferencia fue también una reivindicación del aprendizaje acumulado. Desde la primera conferencia celebrada en Viena en 2024, la comunidad misionera ha pasado de discutir principalmente conceptos y modelos a compartir experiencias concretas, errores, soluciones e instrumentos que han funcionado en diferentes contextos.
No existe, se ha insistido, un modelo único de misión, dado que las necesidades de gobernanza varían según el sector, el territorio, el entorno regulatorio o el horizonte temporal. Pero existen desafíos compartidos, como la coordinación entre ministerios y administraciones, el mantenimiento del compromiso político, la implicación de la demanda, la financiación a largo plazo, la participación ciudadana y la capacidad de pasar de proyectos a escala.
El reto en los próximos años será, por tanto, convertir este conocimiento acumulado en un impacto demostrable. Y es precisamente aquí, demostrando qué transforman, para quién y con qué impacto, donde están en juego las misiones para consolidarlas como enfoque de políticas públicas.