Turismo cultural: ¿una convivencia imposible?
El pasado 10 de julio celebramos un nuevo desayuno estratégico dentro del ciclo de Diálogos Barcelona/Madrid 2050. Esta sesión, realizada en la sede del Círculo de Economía, trató de dos maneras de ser capital, centrada en las vertientes económica y cultural. En el transcurso de la conversación, estructurada en dos mesas temáticas, el turismo emergió rápidamente como elemento aglutinador, poniéndose de manifiesto el papel ambivalente del turismo cultural: un fenómeno que enriquece las ciudades pero que, sin una regulación y un liderazgo público adecuados, puede acabar erosionando la singularidad que las hace únicas.
Esta reflexión toma fuerza en un verano donde nuevamente nos volvemos a encontrar con unas cifras récord, a pesar de (o quizás debido a) la incertidumbre geopolítica. Según los últimos datos disponibles, correspondientes al mes de mayo, la llegada de turistas extranjeros estaría creciendo en torno al 5% respecto al año pasado, en términos acumulados[1]. Incluso un mercado altamente sensible a los riesgos geopolíticos, como el de los Estados Unidos de América, uno de los más relevantes cuantitativa y cualitativamente, ha experimentado una tasa de incremento cercana al 8%[2]. Estos aparentemente buenos datos tienen, sin embargo, una contrapartida: la creciente masificación en algunos de los espacios más emblemáticos de la ciudad, como el barrio Gótico o los entornos de la Sagrada Familia. Incluso algunos destinos fuera del término municipal de Barcelona, como es el caso del Monasterio de Montserrat, empiezan a acusar esta presión.
En este contexto, la creciente preocupación de la opinión pública por la masificación turística de algunas zonas, está destilando bastantes análisis que analizan qué impacto tiene el turismo sobre la metrópoli. A modo de ejemplo, cabe destacar los informes elaborados por la Iniciativa por la Productividad y la Innnovación (IPI) del Círculo de Economía, o que la Cámara de Comercio de Barcelona le dedicara el primer estudio del recién nacido Observatorio de Economía Urbana. También estuvo muy presente en el Informe Fénix. En muchos de estos discursos emerge un denominador común: ir hacia una racionalización de la actividad turística, cambiando la métrica de la cifra de turistas por la de los ingresos que generan. En la mayoría de casos, el turismo cultural se señala como uno de los factores que pueden facilitar el cambio de paradigma.
¿Qué entendemos por turismo cultural?
A la hora de hablar de turismo cultural es necesario primero definir que se entiende como tal, como mínimo a un nivel menos formal. Un posible punto de partida es la definición que hace la Organización Mundial del Turismo (OMT): el turismo cultural se define como el tipo de actividad turística en la que la motivación principal de los agentes es aprender, descubrir, experimentar y consumir los productos o atracciones, tangibles o intangibles, del destino[3]. Esta definición es bastante amplia y puede incluir desde el tradicionalmente turismo de monumentos históricos, al enoturismo, pasando por el turismo de festivales de música.
A esta ambigüedad en su campo, se suma también una segunda, vinculada a la intensidad. No es lo mismo que una de estas actividades haya sido el motivo principal del viaje, o que hayan sido incorporadas como parte del mismo, sin ser el motivo principal. Un viaje a Venecia para ir a ver la Bienal de Arte entraría dentro del primer grupo, mientras que en el segundo grupo agruparíamos a quienes aprovechan que están en Venecia para visitar la Basílica de San Marcos o el Palacio Ducal.
Esta doble ambigüedad se manifiesta en las cifras. En general, se considera que el porcentaje de turismo que podría considerarse como cultural en el sentido amplio se sitúa en torno al 40%. Si se aplican definiciones más estrictas, vemos que la cifra baja drásticamente. A modo de ejemplo, en el caso de Barcelona el porcentaje de turistas que declararon haber venido principalmente por los eventos culturales fue únicamente el 2,7% ciudad en el año 2025. Si la pregunta se amplía incluyendo también a quienes han venido por otras motivaciones principales, el 17,1% de los turistas han realizado una actividad de artes escénicas durante su estancia en la ciudad, siendo la asistencia a conciertos o festivales de música las opciones más frecuentes.
¿Qué papel tienen los turistas dentro del consumo cultural?
La siguiente pregunta a plantearse es qué impacto tiene el turismo cultural sobre el conjunto del consumo cultural de los destinos. Desgraciadamente, esta topa con la falta de suficientes datos que permitan hacer un análisis riguroso, derivado en parte por la propia vaguedad del concepto, tratada más arriba, así como del hecho de que, a pesar de los esfuerzos de los últimos tiempos, todavía no se cuenta con datos suficientemente sistematizados.
A modo de ejemplo, el Observatorio de Turismo de Barcelona ha publicado dos referencias que han tratado de aproximarse. Una de ellas es la del perfil de turista orientado a artes escénicas. Publicado en el año 2022, hace una exploración muy interesante sobre los hábitos de este tipo de turista, destacando la comparación de los datos obtenidos con el conjunto de turistas. Así, se puede ver que su estancia media es 1,5 días superior a la media, usan menos el hotel (con una diferencia de ocho puntos porcentuales) y en cambio utilizan más a menudo alojamientos particulares. Desgraciadamente, sin embargo, la condición de inclusividad sufre de los problemas mencionados más arriba: sólo hay que declarar haber asistido a algún concierto o festival de música, teatro o cine durante su estancia en el destino.
Las limitaciones de datos, cuando menos unificados, obliga a hacer un análisis parcial, bien sea por segmentos, bien sea por equipamientos concretos. Uno de los escasos casos en los que disponemos de un conjunto de datos robusto es en el caso del turismo de museos, gracias a una encuesta que elabora desde hace años el ICUB. En su edición de 2025 se puede ver que los visitantes extranjeros representan dos terceras partes de los visitantes en los 22 museos de la ciudad incluidos, aunque con notables diferencias. Así, si en equipamientos estrella como el Picasso, MNAC o el Castillo de Montjuïc representan cerca de 4 de cada 5 visitantes, esta cifra no supera el 40% en los museos más pequeños. Si estos datos se cruzan en la distribución por tarifas, se puede observar que este comportamiento se refuerza con respecto a la facturación: los turistas extranjeros pueden llegar a aportar 9 de cada 10 euros a las taquillas del Museo Picasso o del MNAC.
Por lo que respecta a las tres grandes salas de concierto de la ciudad, el Palau de la Música Catalana estima que tiene alrededor de un 25% de público extranjero entre su medio millón de espectadores. Las cifras del Liceo, con la mitad de espectadores, son algo más modestas: en la temporada 24/25 fueron un 17,5%. Finalmente, en el Auditorio, con un número de espectadores parecido al Liceo, se estima que la cifra no supera el 5%.
Si ponemos la lupa en los festivales, que han recibido bastante atención mediática en los últimos tiempos, más allá de su dimensión artística, los datos son aún más limitados, generalmente proporcionados por la organización en notas de prensa. Según éstas, el Primavera Sound tiene un componente marcadamente internacional, que constituía el 62% de los 287.000 espectadores de la última edición. El Sonar, el segundo gran festival musical en número de espectadores, tiene un público internacional en torno al 30%, según datos de la organización. En cuanto al Cruïlla, la organización afirma que el público local representa el 95% del total. Desgraciadamente, no disponemos de datos del resto de los festivales que se celebran en Barcelona.
A la espera de poder tener algún día un conjunto de datos que permita hacer un análisis más riguroso, se puede entrever algo que quizás intuíamos: existe una gran variabilidad en el peso de los turistas extranjeros en el conjunto de consumidores culturales de un espacio o actividad cultural determinado, y que en aquellos donde el peso es mayor suelen estar asociados a los de mayor tamaño. En cambio, no permiten analizar si, en aquellos espacios donde hay restricciones de capacidad, el turista extranjero está desplazando a la ciudadanía local, con las consecuencias que ello puede implicar.
Las luces y las sombras del turismo cultural: hay partido
La estrategia de apostar por el turismo cultural no es mala sobre el papel. En principio, se esperaría que este fuera un consumo más consciente, y que en algunos casos pudiera hacer de efecto crowding out, desplazando otros perfiles de turismo menos interesantes para la ciudad y que generan externalidades negativas a nivel reputacional. La experiencia de Barcelona, donde hace tres décadas se consiguió crear una marca turística de la nada basada en buena parte en el turismo cultural, es el ejemplo de que esta es la vía a seguir.
Sin embargo, esta estrategia tiene algunas limitaciones, alguna de ellas apuntadas anteriormente. Por ejemplo, el hecho de que la elevada presencia de turistas acabe generando un efecto de expulsión tácita del público local en algunas formas de consumo cultural con restricciones de capacidad, bien por la vía de los precios, bien por las dificultades para poder adquirir una entrada. Por otra parte, esta elevada presencia puede generar el riesgo de que la industria cultural acabe priorizando satisfacer las expectativas de los turistas en detrimento de los públicos locales, o incluso de aquellos que conciben el turismo cultural como llenar sellos a un cuaderno de experiencias frente a aquellos para los que es el motivo principal del viaje. Finalmente, también es posible que el impacto de este turismo, al menos en su versión light, no sea significativamente más beneficioso que en el del turismo en su conjunto, tanto en cuanto a volumen de gasto, como sobre todo en cómo y con quién se hace este gasto.
Que estas sombras no acaben eclipsando este modelo turístico es uno de los retos presentes que tienen no sólo los sectores afectados, sino también el conjunto de la metrópoli. Buena parte de ellos dependen del compromiso y comunicación de diferentes actores. Pero también dependen de un mejor conocimiento de estos turistas, de los que, como hemos visto, sólo tenemos información muy limitada y excesivamente fragmentada.
[1] Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Observatorio de Turismo de Barcelona.
[2] Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Observatorio de Turismo de Barcelona.
[3] Definición aprobada en la reunión del OMT de 2017.