Industria 4.0: ¿Reindustrialización o cambio de paradigma?

En las próximas semanas, dos organizaciones con las que compartimos algunos miembros y muchos ámbitos de interés, el Consejo Económico y Social de Barcelona (CESB) y el Pacto Industrial de la Región Metropolitana de Barcelona (PIRMB), focalizarán parte de su trabajo en el análisis de la Industria 4.0 y sus impactos en nuestra economía. En ambos casos se han establecido grupos de trabajo para tratar la cuestión y el equipo del PEMB tenemos el placer de formar parte de ellos.  

Industria 4.0: ¿Reindustrialización o cambio de paradigma?

La industria ha vuelto al centro del interés económico en los últimos años. Muchos de los países de nuestro alrededor que vieron como la actividad industrial se marchaba a países lejanos en los 80 y 90 apuestan ahora por la reindustrialización. Los motivos son diversos, por una parte, las oportunidades de minimizar costes mediante deslocalizaciones cada vez son menores a causa de los procesos de convergencia en salarios, pero también en condiciones sociales o ambientales, en muchos países emergentes. Por otra parte, muchas empresas se han dado cuenta del hándicap que supone la producción alejada de los centros de consumo por su falta de flexibilidad. Finalmente, el desarrollo de nuevas tecnologías ha permitido en numerosas actividades que los costes medios de producción dejen de estar sometidos a grandes niveles de producción que sólo eran factibles concentrando la manufactura en pocos centros.

La reindustrialización, además, constituye una oportunidad en tanto que aporta elementos muy positivos a la economía de un territorio: estímulo innovador, salarios decentes, comercio interno y exterior e incluso, como suele defender el profesor Antón Costas, valores que fortalecen a nuestras sociedades. Finalmente, y no menos importante, este proceso de reindustrialización puede ser un puntal en la transición energética y en la reducción en el consumo global de recursos.

Ahora bien, ¿Qué significa reindustrializarse en el siglo XXI? ¿Si recuperamos actividad industrial se parecerá a aquella que perdimos? ¿Seguirá aportando todos los elementos positivos que hemos citado más arriba? Este debate cobra especial interés en nuestra casa, ya que el peso de la actividad industrial convencional ha ido declinando durante las últimas décadas, un proceso que se aceleró con el nuevo siglo. En términos de ocupación, el conjunto de la actividad industrial da trabajo a menos de 600.000 personas, casi 150.000 menos que en el año 2000 pese a que el número de personas ocupadas en el conjunto de la economía catalana se ha incrementado en casi 600.000 en el mismo periodo.

Existen, básicamente, tres maneras de reindustrialización hoy en día. La primera, que podría simplificarse como “a la Trump”, se basa en una política proteccionista que, además de consumir ingentes recursos públicos, se ha demostrado a lo largo de la historia que resulta ineficiente y contraproducente en términos macroeconómicos. La segunda, que probablemente es la que vivimos nosotros en gran parte, se fundamenta en las variaciones relativas de costes (de trabajo, de transporte, financieros…), en la medida en que producir en el exterior ya no sale tan a cuenta como antes, pero que es marcadamente coyuntural. La tercera consiste en transformar la base industrial aún existente en el país mediante la innovación y la articulación inteligente de los sectores, de manera que se refuercen aquellos factores competitivos que resultan estratégicos.

No obstante, la idea de reindustrialización que teníamos no acaba de encajar con la que nos propone nuestra protagonista, la industria 4.0. La digitalización de la industria, que es a lo que se refiere la expresión “industria 4.0”, supondrá algunos cambios básicos en la forma de integrar esta actividad en el conjunto de la economía. Señalaremos cuatro fundamentales de diversa índole.

En primer lugar, la industria 4.0 hace estallar definitivamente la distinción clásica entre industria y servicios dado que profundiza de manera muy sustancial en la hibridación entre bienes y servicios que ya se ha venido dando en la evolución de la producción desde el último cuarto del siglo XX. Será necesario, pues, revisar el marco conceptual y analítico, que impacta en aspectos tan concretos como en la manera de presentar las macromagnitudes del sector.

En segundo lugar, la introducción de la nueva tecnología digital impacta sobre la ocupación de manera muy diferente a como lo han hecho las tecnologías anteriores. El hecho de que las máquinas adquieran determinadas capacidades cognitivas, hasta ahora patrimonio exclusivo de los humanos, que son aplicables a una amplísima gama de actividades, nos indica que no será fácil mantener ni generar nuevos puestos de trabajo industriales.

En tercer lugar, la actividad industrial se desconcentra aún más, afectando a la geografía económica de manera significativa. El retorno al interior de las ciudades parece una tendencia ya consolidada, de manera que las cantidades ingentes de suelo industrial disponible en miles de polígonos dispersos por el territorio reclaman repensar drásticamente qué se puede hacer. Una amenaza para muchos municipios, pero también una oportunidad para muchos otros.

Finalmente, todo apunta que el nuevo modelo industrial conlleva el riesgo de crecimiento de las desigualdades tanto a nivel empresarial como entre las personas. En el primer caso, se impone en muchos sectores la dinámica del “winner takes it all” (Amazon es un ejemplo que analizaremos próximamente), que supone una amenaza para buena parte del tejido empresarial de micro- y pequeñas empresas. En el segundo caso, las diferencias entre aquellos con conocimientos que les permitan diseñar y dirigir algoritmos y artefactos digitales y aquellos que se vean desplazados por estos, serán cada vez más amplias.

En este último ámbito, en nuestro caso tenemos un reto aún pendiente: incrementar el número de personas con estudios de formación profesional, así como también en estudios universitarios del ámbito científico-tecnológico (STEM). En ambas áreas existe una carencia crónica de vocaciones que contrasta con unas oportunidades profesionales tan o más buenas que en muchos otros sectores aparentemente más atractivos para nuestros jóvenes. Un problema que, además, se agrava por la escasa presencia de mujeres en estos estudios, un sesgo que, lejos de haberse reducido, hasta se ha ido incrementando ligeramente.

Delante de estas perspectivas y los retos que llevan aparejados para nuestra economía metropolitana en particular, celebramos las iniciativas del CESB y del PIRMB y esperamos que encuentren una buena manera de encajar en una iniciativa más general como es el Pacto Nacional para la Industria 2017-2020.

 

Las opiniones de los autores y las autoras no representan necesariamente el posicionamiento del PEMB.

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