¿Es apta la ciudad para menores de edad?

Si hace un tiempo hablábamos sobre que las mujeres son las grandes olvidadas de la ciudad, hoy queremos prestar atención al colectivo más joven, las niñas y niños, y los y las adolescentes, grandes usuarios del espacio público, pero en general sin voz ni voto en la toma de decisiones, pocas veces tenidos en cuenta en el diseño de los espacios y a menudo incluso excluidos de los mismos. Una parte de la ciudadanía que no sólo representa el futuro de nuestras ciudades, sino que también son su presente.

¿Es apta la ciudad para menores de edad?

Enrique Peñalosa, alcalde de Bogotá, decía en una cita publicada en el libro Cities Alive. Designing for urban childhood que “los niños son como una especie de especie indicadora. Así, si podemos construir una ciudad adecuada para los niños y niñas, tendremos una ciudad adecuada y amable también para toda la ciudadanía'. Indicador que hay que leer también a la inversa, o como dice Francesco Tonucci, psicopedagogo imprescindible para hablar de la ciudad y la infancia, si cada vez hay menos niños en las calles, no estamos logrando ciudades a escala humana, amables, accesibles y adecuadas para el conjunto amplio y diverso de la ciudadanía.

Es bajo esta mirada que el pasado 23 de febrero, se presentaba en el Pleno municipal del Ayuntamiento de Barcelona la medida de gobierno estratégica 'Hacia una política del juego en el espacio público'. Una medida que justamente quiere poner a los niños en el centro del diseño del espacio público, con la voluntad de poner en valor su importancia social y alinearse con lo establecido en la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas: “El descanso, el juego y el tiempo libre son tan importantes para el desarrollo del niño como la nutrición, la vivienda, la atención sanitaria y la educación'.

Pero ¿cuál es la situación de partida? La medida de gobierno antes mencionada reconoce que “si bien la compacidad y mezcla de usos [modelo urbano del que Barcelona hace bandera] propician la vitalidad en las calles y los espacios de paso y estancia, a lo largo de las últimas décadas las funciones urbanas relacionadas especialmente con el encuentro y el recreo han disminuido sensiblemente o incluso desaparecido de las calles”.

Las ciudades se han diseñado bajo el modelo de las exigencias y el estilo de vida del hombre, adulto, trabajador, e incluso si no soltero, sin muchas obligaciones o dedicaciones familiares, olvidándose así de las mujeres, los niños, las personas mayores o con las capacidades reducidas, o de situaciones como la pobreza, la migración, etc. Centrándonos en la casuística de los niños, este hecho se demuestra en situaciones cotidianas tan simples y a la vez tan poco visibles a ojos de adulto, como la disposición de los contenedores en las calles que condicionan totalmente la visibilidad de la presencia de niños a punto de cruzar; la falta de espacios de juego y espacios flexibles y atractivos; la inseguridad real o perceptiva que ha hecho desaparecer los niños solos de las calles, etc., volviendo a citar a Tonucci: “La calle es peligrosa Porque no hay niños”. Todo ello, sin entrar a un nivel más global: problemas graves de salud y cognitivos provocados por la contaminación atmosférica que afectan niñas y niños de edades bien tempranas; o problemas derivados de la dificultad de acceso a la naturaleza de los niños que viven en las ciudades.

Federico Tonucci, Frato

Viñetas de Federico Tonucci, alias Frato

 

La arquitecta Itziar González, durante la jornada “El derecho de los niños a la ciudad” apelaba al espacio público como verdadero espacio educativo, eso sí, siempre y cuando todos puedan aprovechar este espacio, puedan aprovechar la ciudad. Para González, los niños “son seres altamente espaciales, son generadores de espacio, son emoción y movimiento”. Así, el espacio público, el verdadero espacio público, debería permitir a las criaturas desplegar esta creatividad espacial. Y hacerlo en libertad, y no únicamente bajo la permanente vigilancia de los adultos, tal y como apuntaba el ya citado Tonucci en la misma jornada. Un hecho que trata de forma provocativa el productor y fotógrafo Jacob Krupnick con el proyecto Young Explorers.

La administración pública, mediante el urbanismo, trata de ordenar los elementos de la ciudad, buscando la equidad y la seguridad en unas ciudades supeditadas a los vehículos, provocando, desde este punto de vista, un efecto de pérdida de la espontaneidad y la capacidad imaginativa, fundamentales en el desarrollo de los niños a través de la experiencia. Como se dice en la Carta de las ciudades educadoras: “Vivimos en un mundo de incertidumbre que da la máxima importancia a la búsqueda de seguridad, la que a menudo se expresa como negación del otro y desconfianza mutua. La ciudad educadora, consciente, no busca soluciones unilaterales simples; acepta la contradicción y propone procesos de conocimiento, diálogo y participación como camino idóneo para convivir en y con la incertidumbre”.

En esta dirección cabe destacar la experiencia de los caminos escolares, itinerarios seguros mediante la señalización de las principales rutas de acceso a los centros escolares. El objetivo es que los niños y niñas puedan ir solas a la escuela, ya sea a pie o en bicicleta, fomentando así una actividad física diaria y potenciando su autonomía personal. Un hecho a resaltar es que la mayoría han sido fruto de un trabajo conjunto con los alumnos de las escuelas, que se han implicado en el diseño del itinerario prestando atención a aspectos como la accesibilidad, los condicionantes de movilidad, la responsabilidad y la seguridad. El camino escolar, por tanto, no sólo es una señalización, sino que se convierte en una experiencia de diseño participativo.

Sin embargo, los caminos escolares, como bien dice su nombre, se suelen limitar a los itinerarios escuela-casa. Y ¿qué pasa con el resto de espacios, de equipamientos y de tiempo? Fuera de las horas lectivas, el derecho al juego, el entretenimiento y la experimentación es necesario que puedan darse también en el espacio público de la ciudad. Los parques y jardines cumplen esta función, pero no suele haber “caminos seguros” que te lleven a ellos, haciendo necesaria la figura del vigilante, del acompañante y, por tanto, limitando de nuevo la autonomía y el empoderamiento de los niños en relación con la ciudad. Itziar González, en dicha jornada, apostaba por dar un paso más allá y hacer desbordar estos por y para ellos y ellas, desde su propia creatividad y experiencia, haciendo que el aprendizaje empiece ya en el camino. O como apunta Tonucci, espacios donde habría que suprimir la jerarquía establecida.

¿Y los y las adolescentes? Demasiado 'grandes' para jugar en los parques infantiles, pero con ansias de independencia, y sin unos espacios adecuados, de donde a menudo incluso son excluidos, directa o indirectamente. Según Shirley R. Steinberg, profesora de Estudios juveniles en la Universidad de Calgary y cofundadora de The Paulo and Nita Freire International Project for Critical Pedagogy, la relación se resume en: “Cuando eres pequeño, el adulto te dice: ve y experimenta , pero cuando eres joven te dice: no puedes venir aquí, los espacios no son para ti”. Según Steinberg, el espacio público está demasiado reglado para los jóvenes, o bien ni siquiera existe o les está prohibido, “ya que son percibidos como un grupo del que hay que tener miedo, que es revolucionario”. Joan Subirats, catedrático en Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona, habla de la competencia por el espacio público, problemas de convivencia entre usos que frecuentemente responden también a conflictos generacionales: entre el que pasea, el que lleva a las criaturas, quien quiere sentarse en un banco y conectarse al wifi, quien se junta en grupo, quien practica el skate, quien quiere hacer “botellón”, quien quiere cierta intimidad, etc. Tendemos, como he apuntado antes, a ordenar, restando flexibilidad, generando espacios encapsulados, separados por edades, gustos, intereses, y evitando así el conflicto y por tanto también la mezcla y la generación de un posible orden natural, que podría facilitarse participando de forma conjunta en el diseño del espacio a usar.

Transitar hacia una ciudad que tenga más en cuenta los derechos y las necesidades reales de los niños y jóvenes es clave, pero ¿cómo hacer que los chicos y chicas se conviertan también en protagonistas de esta transformación? Un ejemplo lo podemos encontrar en la experiencia de los Consejos de niños impulsados desde hace tiempo por diversas localidades. En estos consejos se toma en consideración a los niños no como ciudadanos del mañana, sino como ciudadanos del hoy con su propia visión de la realidad y con el derecho y el deber de expresar de forma participada al consistorio, movilizando así diferentes agentes del entorno municipal: escuela, familia, ayuntamiento y entidades.

También existen experiencias de transformación directa, con la participación en el diseño del espacio público y la co-creación de los espacios. Experiencias por tanto de acción e implicación, como el proyecto “sk8 + U” en Arbúcies, finalista del premio Europeo del Espacio Público Urbano 2014, y en el que un grupo de niños y adolescentes se organizó para reclamar al Ayuntamiento la creación de un skatepark, que finalmente diseñaron ellos mismos de manera colaborativa y que acabaron construyendo con sus propias manos.

Otro ejemplo de esta práctica serán dos de la veintena de nuevos espacios lúdicos que el Ayuntamiento de Barcelona prevé desarrollar en el periodo 2018-2019 en el marco de la medida presentada al inicio. Dentro del Parque de la Pegaso y el Parque Central de Nou Barris está prevista la creación conjunta con los niños del barrio de unas zonas que, según la medida de gobierno, deben desbordar los límites actuales de los elementos de juego para crear nuevos espacios estimulantes y jugables, teniendo en cuenta los múltiples usos lúdicos y la convivencia comunitaria. Tarea que, por tanto, recaerá en gran parte sobre los que deben ser los principales usuarios.

Aunque más lejano, no quería dejar de hablar de un proyecto que encuentro fascinante desde el momento en que lo conocí: The block by block project, bajo el marco de la Agencia de Naciones Unidas para el Desarrollo Urbano Sostenible (UN-Habitat) y de forma conjunta con los creadores del videojuego Minecraft (Mojang), el proyecto pone a disposición de comunidades desfavorecidas esta plataforma jugable con la que se pueden reproducir escenarios del espacio público reales y diseñar transformaciones, como si fuera una especie de Autocad, más sencillo, intuitivo y, claro, divertido. La experiencia implica a los más jóvenes que, además de tomar decisiones sobre el espacio y desarrollarlas por medio del juego, son también los que ayudan a sus familiares, vecinos y vecinas a trabajar con la herramienta, haciéndose responsables y generando un aprendizaje mutuo. De entre muchas lecciones sobre la participación, la implicación y la importancia del diseño colaborativo del espacio público con la comunidad, esta experiencia también destaca la importancia de utilizar los lenguajes y las herramientas propias de cada generación, sin que esto deba ser excluyente para las otras, ya que provoca un cambio de dirección en la responsabilidad, el acompañante pasa a ser acompañado en el proceso de diseño. Buena experiencia para empoderar y capacitar a los adolescentes.

Son muchas y diversas las experiencias que podríamos encontrar donde niños y jóvenes se implican y trabajan por su ciudad. Sin embargo, quizás todavía son eso, proyectos puntuales más o menos exitosos. Es cierto que diferentes sectores y administraciones están prestando atención a este hecho, como se evidencia en la existencia de varias redes de ciudades y grupos de trabajo activos nacionales e internacionales como la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras, la Red de Ciudades Amigas de la Infancia de UNICEF o el proyecto la Città dei Bambini, por citar algunas. No obstante, al igual que la participación ciudadana en sí misma, la práctica de la implicación total e inclusiva, o el ser capaces de ordenar o desordenar la ciudad, sin perjuicios y huyendo de modelos, es aún lejano. Hay camino por hacer.

Las opiniones de los autores y las autoras no representan necesariamente el posicionamiento del PEMB.

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