¿12 uvas o 12 gajos de mandarinas?

Mirada abierta al derroche alimentario

El año pasado por estas fechas, llevé a mi hija y un grupo de amigas a espigar un campo de mandarinas en las Terres del Ebre. Con otras personas voluntarias y tan sólo tres horas relajadas recogimos 3.250 kg de mandarinas deliciosas y cuando nos fuimos aún quedaban en los árboles. La familia propietaria del campo en cuestión tenía dificultades para canalizar el producto después de que cerrara la cooperativa local. Este año la experiencia desgraciadamente se repite, son muchas las mandarinas derrochadas.
Si hablamos de derroche alimentario, este es el dato más universal: 1 de cada 3. Es decir, un tercio de los alimentos que se producen para consumo humano se pierde a lo largo de todo el ciclo alimentario, del campo al plato. (FAO 2011). Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de despilfarro?

¿12 uvas o 12 gajos de mandarinas?

Siguiendo el hilo de las mandarinas, recuerdo algún fin de año que no fuimos a tiempo de comprar uva (a precios poco populares) para celebrar el ritual de las campanadas y aprovechamos las mandarinas que había en el frutal. ¿Este gesto con intención podría convertirse en semilla de cambio? ¿Y si este año hiciéramos las campanadas con mandarinas?  frutos que nos llevan a la mesa los retos de incidir en las políticas alimentarias de un territorio concreto y cercano. Desgranamos las mandarinas que nadie quiere, estirando alguno de los hilos de la problemática del derroche alimentario.

El objetivo es abrir espacios de diálogo y de acción hacia un sistema alimentario más sostenible y justo en clave metropolitana, este es el espíritu de la Carta Alimentaria de la Región Metropolitana impulsada desde el Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona.

Efectivamente, el desperdicio alimentario toma relevancia institucional y ciudadana. Varias agendas internacionales ponen de relieve la problemática. El Pacto de Milán ha situado el desperdicio alimentario en un lugar prioritario para la sostenibilidad de las ciudades. La ONU en los Objetivos de Desarrollo Sostenible establece el compromiso de reducir a la mitad el desperdicio (ODS#12.3) dentro del objetivo de garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles (ODS#12). Si tenemos en cuenta un enfoque holístico del sistema alimentario, se contemplan dos dimensiones: la vertical (producción, transformación, transporte, venta, distribución, catering, consumo, reciclaje y residuo) y la horizontal (calidad de vida, salud, economía, educación, justicia social, democracia, medio ambiente, cultural). Por lo tanto, los procesos que ocurren en el contexto del sistema alimentario toman fuerza por su capacidad de generar sinergias y enlazar los diferentes ODS, más allá de su temática específica. Así, por ejemplo, la reducción de las desigualdades (ODS#10) también nos habla de despilfarro y de sistema alimentario. Así lo apuntaba mi colega Marc López en una entrada anterior en el blog, al vincular las políticas alimentarias con el objetivo referente al concepto de bienestar (ODS#3) y al de cambio climático (ODS#13). En este sentido, las políticas alimentarias son claves para su capacidad de generar impactos y procesos de transformación social hacia una metrópolis resiliente, próspera y cohesionada.

El sistema alimentario actual no garantiza las necesidades nutricionales de la población mundial y por otro lado se tira comida. Aunque son crecientes las voces que subrayan la necesidad de diferenciar despilfarro y política de reducción de la pobreza, el nexo es recurrente. ¿Cuántas personas podrían alimentarse con todo lo que tiramos? Parece claro que no hay que producir más.

Nos encontramos ante una problemática compleja con impactos medioambientales, sociales y económicos. Los aspectos medioambientales del derroche no son nada despreciables y se pueden contemplar en diferentes dimensiones: calentamiento global, agotamiento de recursos hídricos, ocupación del territorio de cultivo y pérdida de biodiversidad. Cuando tiramos un alimento, estamos también malgastando todos los recursos naturales, tecnológicos y humanos que se han destinado a producirlo. Así, por ejemplo, considerando las emisiones de CO2 causadas por el derroche alimentario, este sería el tercer país emisor de gases de efecto invernadero por detrás de China y los USA (LULUCF: Land use, land use change and Forestry).

Hay que hacer un esfuerzo para aterrizar los datos a pie de calle. En el año 2011 la “Diagnóstico del desperdicio alimentario en Cataluña” cuantificó en 262.471 toneladas (34,9 kg/hab. y año) el desperdicio alimentario de las familias, los restaurantes y los comercios minoristas, sin incluir el desperdicio de la distribución al por mayor, el de la industria agroalimentaria y el del sector primario. Esta cifra equivale a tirar la comida consumida durante 25,5 días o nutrir más de 500.000 personas durante un año. Por lo tanto, nos movemos con cifras que piden ser actualizadas desde una visión integral del ciclo alimentario.

Este otoño 2018 se ha presentado la “Diagnóstico de pérdidas y desperdicio alimentario (PMA) en la producción primaria, la agroindustria y la distribución al por mayor del melocotón y la nectarina el 2017”. El estudio cuantifica en 53.317 toneladas las PMA, equivalentes a 2.800 camiones puestos en fila india cubriendo la distancia de Barcelona a Montserrat. El estudio pone de relieve la necesidad de cuantificar la problemática a pesar de su complejidad metodológica, con enfoques de cadena sistémicos que tengan en cuenta los desequilibrios de las relaciones de fuerza de los agentes de todo el ciclo alimentario.

La reducción y la prevención del derroche alimentario hoy amplía horizontes, desborda el ámbito del residuo y aborda una visión más integral de la problemática que implica transitar hacia un modelo de producción y de consumo más responsable y sostenible. Se requiere de una mirada amplia a todo el ciclo alimentario desde el campo al plato; donde corresponsabilizar de manera transversal todos los agentes implicados en clave de cuádruple hélice para captar la magnitud de la problemática y la emergencia de soluciones multidimensionales a nivel local e internacional.

Desde el Acuerdo Ciudadano por una Barcelona Inclusiva, recientemente se ha presentado la Declaración de la Red por el Derecho a una Alimentación Adecuada para reclamar el debate y la aprobación de la proposición de ley para la prevención y la reducción del desperdicio alimentario a Cataluña. Las iniciativas y soluciones innovadoras requieren marcos legales facilitadores para desplegarse.

El pasado 24 de noviembre, el Departamento de Territorio y Sostenibilidad de la Generalitat de Cataluña y la Agencia Catalana de Residuos, junto con la Plataforma Aprofitem els Aliments y la colaboración, entre más de una treintena de entidades, del Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona (PEMB), y más de 150 personas voluntarias coorganizaron la jornada #zerofoodwaste donde más de 1.500 personas compartieron plaza en un gran banquete gratuito elaborado con alimentos recuperados, frescos y deliciosos que quedan fuera de los circuitos alimentarios.

Se rescataron 2.445 kg de alimentos. Estas más de dos toneladas de comida recuperada suponen un ahorro de emisiones de C02 equivalente a 880 litros de gasolina. A nivel de huella hídrica, cada kilogramo de comida recuperado y por tanto consumido responde a un litro de agua no desperdiciada. Se ahorran, por tanto, 2.530 duchas. (Fuente: Fundación ENT. Calculadora del valor de los alimentos:   https://www.elvalordelsaliments.cat/calculadora/)

Estos 2.445 kg suponen un ahorro de 3.625 euros teniendo en cuenta su precio en el mercado. Pero, ¿un alimento vale su precio? Visibilizar el valor de los alimentos es también poner en valor la economía de los cuidados que sustenta y nutre la vida individual y colectiva. Incorporar una mirada hacia lo cotidiano donde las mujeres tenemos un papel central puede abrir caminos hacia nuevas narrativas y prácticas para un sistema alimentario bueno para las personas, por el territorio y por el planeta.

 

Las opiniones de los autores y las autoras no representan necesariamente el posicionamiento del PEMB.

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