Barrios marginales y zonas periurbanas: la clave para repensar las metrópolis post covid-19

(Artículo publicado originalmente en inglés en el blog de Metrópolis)

 
En 1854 una epidemia de cólera golpeó duramente el barrio del Soho de Londres. En ese momento, ni siquiera una sociedad avanzada como era la inglesa estaba todavía preparada para ofrecer unos espacios urbanos dignos para sus residentes, y la contaminación generada por los excrementos de los mismos habitantes de la ciudad era una amenaza permanente para sus vidas . Este episodio, que fue magníficamente relatado en 2006 por Steven Johnson en su libro The Ghost Map: The Story of London 's Most Terrifying Epidemic and How it Changed Science, Cities and the Modern World, se ha hecho célebre por los mapas que el doctor John Snow utilizó para demostrar que el origen de la enfermedad se encontraba en el agua y no en el aire, como se había defendido tradicionalmente.
 

Imagen de recurso de una ciudad

Pero el gran valor del descubrimiento de Snow se encuentra, como señala Johnson, en que sus métodos revolucionaron, al mismo tiempo, la ciencia médica y la gestión urbana. Por un lado, fue la primera vez que una institución pública, la Junta de Gobernadores de la parroquia de St. James, intervenía en una crisis de salud pública basándose en una teoría científica razonable. Por el otro lado, empujó también las autoridades locales a impulsar una serie de obras de ingeniería civil de gran escala para el suministro de agua potable y para la gestión de residuos (como la red de alcantarillado de Bazalgette ) que fueron el fundamento para permitir que Londres, y posteriormente otras muchas ciudades, acogieran millones de personas manteniendo la salubridad en unos niveles impensables hasta ese momento.

¿Qué podemos aprender de este caso para la gestión de nuestras metrópolis si lo relacionamos con la situación actual provocada por la pandemia de la covid-19?

La respuesta más inmediata sería: debemos reforzar los vínculos, hoy todavía débiles, entre la ciencia y el estamento político para que las decisiones que se tomen en casos como éste sean informadas por la evidencia científica. Esto implica también que tenemos que movilizar toda nuestra capacidad de recogida y tratamiento de datos relevantes para el análisis de la situación y el seguimiento de su evolución, utilizando los sistemas de información geográfica disponibles, cada vez más sofisticados. Y, finalmente, tenemos que fortalecer y ampliar nuestras infraestructuras y servicios de salud, que se han visto desbordados en tantas ocasiones durante los últimos meses después de años de políticas de austeridad.

Sin embargo, si de lo que se trata es de sacar lecciones sobre cómo repensar nuestros espacios metropolitanos, como reclama la iniciativa de Metropolis, tendremos que hacer un paso más allá y abordar aspectos quizás no tan evidentes pero que todavía condicionan la gran mayoría de metrópolis del mundo a la hora de combatir una pandemia como la actual.

En este sentido, si para hacer posible la vida civilizada en el Londres de mediados del siglo XIX, con dos millones de habitantes, fue necesario un cambio que supusiera la integración de ciencia, ingeniería y acción de política pública para dotarla de las infraestructuras necesarias, ¿dónde se encuentra la clave en nuestros días? Repensar nuestros espacios metropolitanos, que pueden llegar a multiplicar por más de diez aquella cifra, si los queremos hacer vivibles, reclama que esta alianza se dirija a resolver las problemáticas de las zonas marginales y de los territorios de transición hacia las zonas rurales, que son los dos frentes de crecimiento de las metrópolis del siglo XXI.

La situación en los suburbios marginales, aquellos donde todavía no se dispone de las infraestructuras ni los servicios que hacen posible vida en común de grandes cantidades de personas en condiciones dignas, es de alto riesgo. La infravivienda y las condiciones de hacinamiento de población actúan de manera muy eficaz como vehículo difusor de la enfermedad, al igual que el agua lo fue en la epidemia del Soho. Su dependencia de la economía informal ha supuesto como que el confinamiento generalizado les haya dejado en una situación aún más vulnerable, por lo que hay que actuar junto a las comunidades para transformar profundamente estos espacios y conseguir una integración más orgánica del tejido urbano.

En cuanto a los espacios periurbanos, la expansión de las metrópolis imponen una explotación de la naturaleza que, por ejemplo, favorece la proliferación de zoonosis, es decir, de enfermedades transmitidas de los animales a los humanos. Al mismo tiempo, la acelerada pérdida de capacidad de producción de alimentos en los territorios metropolitanos en favor de territorios cada vez más alejados de los centros de consumo supone una enorme vulnerabilidad en caso de crisis que obliga a tomar en serio lograr una mayor soberanía alimentaria. El auge de las metrópolis no debe hacer olvidar las importantes interdependencias entre los espacios urbanos y los rurales en todo el mundo, como se debatió recientemente en un webinar auspiciado por Metropolis.

En definitiva, el problema de concentrar millones de personas en una pequeña fracción del territorio no está del todo solucionado en todas partes, pero aún menos la gestión de sus interdependencias con el entorno. En una mejor atención, planificación y gestión de estos espacios marginales y los periurbanos o de transición es, por tanto, donde nos jugamos detener a tiempo la próxima pandemia (o, mejor, impedir que surja su agente desencadenante). Y por eso hay que proporcionar las oportunidades para una vida digna a los más desfavorecidos, articular las relaciones urbano-rural imprescindibles para el equilibrio territorial y la preservación de medio ambiente y, en último término, garantizar que las personas podrán encontrar en las regiones metropolitanas un futuro próspero y esperanzador.

Las opiniones de los autores y las autoras no representan necesariamente el posicionamiento del PEMB.

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