30 años del plan

El Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona (PEMB) nació hace treinta años en una Barcelona que acababa de experimentar una larga década de crisis industrial que había cronificado los desequilibrios sociales. La crisis de los setenta fue también la evidencia de que el modelo económico de la ciudad, basado en la industria manufacturera, había tocado techo y que era necesario un cambio de actividades económicas. Todo ello en el contexto del retorno del autogobierno en Cataluña, el desarrollo del estado del bienestar en España y la incorporación de España a la Unión Europea.

En junio de 1987, Pasqual Maragall fue reelegido como alcalde de Barcelona para un tercer mandato. Una vez ganada la nominación para los Juegos Olímpicos de 1992 meses atrás, había que plantear la necesidad de un plan estratégico para la economía de la ciudad. La novedad y originalidad de este proceso fue incluir también el ámbito social, superando la dimensión estrictamente económica y empresarial, y hacerlo de manera conjunta y consensuada con las principales instituciones económicas y sociales de la ciudad. El plan tenía, pues, una clara proyección metropolitana en unos momentos en que la idea de ciudad metropolitana había sido diluida a raíz de la supresión de la Corporación Metropolitana de Barcelona (CMB).

Los objetivos que ambicionaba el plan con horizonte en el año 2000 eran:

Una parte importante de estos objetivos se tradujo en medidas encaminadas a aumentar la dotación de infraestructuras, tales como la ampliación del aeropuerto del Prat, la finalización de las rondas o la construcción de la Torre de Collserola.

La dimensión metropolitana del plan fue cada vez más importante, hasta el punto que en el año 2000 se plantea la necesidad de que el ámbito de referencia sea el metropolitano, en lugar de lo estrictamente municipal: es el nacimiento del Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona. Tres décadas después, el PEMB tiene una visión que engloba el conjunto de la región metropolitana, pero manteniendo la misma filosofía: participación de todos los actores implicados, hacer posible el consenso entre intereses divergentes, priorización de decisiones y liderazgo compartido.

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