Cambiar el Sistema Alimentario, no el Clima: el desafío de la Barcelona metropolitana

'La agricultura contribuye significativamente al cambio climático,

que es el desafío más importante al que debe hacer frente la humanidad.

Se estima que el 25% del total de las emisiones de efecto invernadero

  pueden atribuirse directamente a la producción de cultivos

  y la producción animal y forestal, especialmente a la deforestación'

(FAO, 2015)

Cambiar el Sistema Alimentario, no el Clima

La contribución de la agricultura al cambio climático

Los impactos del modelo de agricultura tradicional en la cuestión del cambio climático son innegables: la emisión de gases de efecto invernadero para mantener la producción y logística de este modelo representa una parte substancial del total de emisiones globales. Es más, una tercera parte de todo lo producido acaba en la basura sumando 1,3 billones de toneladas por año a nivel global. Es por este motivo que alcaldesas y alcaldes de 144 ciudades europeas, entre ellas Barcelona, firmaron en 2015 el Pacto de Milán comprometiéndose a “trabajar para desarrollar sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos, resilientes, seguros y diversificados, para asegurar accesibilidad a una comida sana, en un marco de acción basado en los derechos, y con el fin de reducir el  desperdicio de alimentos y preservar la biodiversidad, así como, al mismo tiempo, mitigar y adaptarse a los efectos del cambio climático”.

Los signatarios consensuaron que el actual modelo alimentario tradicional no es sostenible porque cataliza los problemas climáticos y tiene elevados costes ambientales resultantes del uso del suelo para fines de agricultura y ganadería intensiva. Los efectos del modelo de alimentación de larga escala ya son visibles: agotamiento de los nutrientes del suelo, pérdida de biodiversidad e importantes emisiones de gases contaminantes en el transporte de los productos. Es por eso por lo que los ayuntamientos europeos decidieron actuar y Barcelona, por ejemplo, se ha adelantado poniendo en marcha un proyecto para la relocalización de su modelo alimentario.

 

Km0: la solución está muy próxima

La economía de proximidad es una herramienta clave para mitigar el efecto invernadero en las ciudades, además de aumentar la soberanía alimentaria. De esta manera, el Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona (PEMB) en colaboración con diferentes administraciones locales está impulsando un proyecto cuyo objetivo es facilitar la comercialización de proximidad.

La primera etapa del proyecto consiste en identificar los problemas y necesidades de los actores involucrados en el sistema alimentario de la metrópolis. Para ello se han realizado varios talleres participativos, con la implicación de diferentes agentes del sector y del territorio, así como una serie de entrevistas con actores de toda la cadena alimentaria: productores, distribuidores, comercializadores, consumidores y otros expertos en ámbitos como el despilfarro alimentario. En segundo lugar, se evaluarán las necesidades y las posibilidades de actuación y colaboración entre los distintos niveles de gobierno para dar soporte a las iniciativas surgidas, como por ejemplo el proyecto piloto de un espacio físico para intercambio de alimentos de producción local.

El PEMB está trabajando en comprender el sistema alimentario local con el objetivo de “conectar el mundo rural y urbano”. Todo indica que el aumento de la soberanía alimentaria, la localización de la economía y el empoderamiento ciudadano son pilares clave para dar más sostenibilidad al sistema alimentario en general. Con esto, se espera mejorar no solo la cuestión de la alimentación, sino también el contexto social y económico, donde las personas están en el centro.

Se espera, por lo tanto, que esta iniciativa pueda contribuir en un futuro próximo a un cambio de paradigma hacia una nueva economía, como proponen diversas escuelas de pensamiento económico que han proliferado desde de la crisis financiera global de 2008 (por ejemplo, la economía del bien común, el decrecimiento o la economía feminista) al considerar las dimensiones sociales –laborales–  y ambientales en la definición de una economía genuinamente sostenible. Sin embargo, hablar de un cambio en el sistema alimentario para reducir el efecto del  cambio climático exige una visión más amplia de la cadena de producción. Para plantear soluciones a este nivel, no basta con restringir el debate a las perspectivas de la producción y distribución, sino que también se deben tener en cuenta los hábitos de consumo de la ciudadanía.

 

¿Qué piensan los productores? ¿Qué pueden hacer los consumidores?

En las primeras entrevistas del citado proyecto, los actores involucrados en el sistema de producción alimentaria del área de Barcelona, especialmente los productores, enfatizaron el hecho de que los consumidores tienen un papel crucial en el cambio de paradigma. Uno de los primeros en ser entrevistado, concejal de agricultura de un ayuntamiento del área metropolitana, afirmó: “El contexto urbano ha creado una desconexión de los ciudadanos con el origen de los productos, y porque no, con la tierra y los ciclos naturales”. Así, la mayoría de las personas en los centros urbanos ve el acto de alimentarse como una mera transacción comercial, sin preguntarse cuál es el origen y la ruta que ha hecho cada producto hasta llegar a su mesa.

Algunos de los productores de la región metropolitana son pragmáticos al afirmar que la gente debería ser más “política” cuando decide qué consumir, priorizando los productos que vengan de corta distancia y de temporada, preferiblemente con los menos intermediarios posibles. Además de garantizar que un producto sea más sostenible y contribuir a los desafíos del cambio climático, es una oportunidad para la sociabilización. Iniciativas como las cooperativas de consumo de barrio, entre las que se encuentra Can Pujades del Parc Natural de Collserola, son una excelente oportunidad para interactuar con el vecindario, además de garantizar un alimento de alta calidad. En estos casos el consumidor puede visitar el lugar de producción y asegurarse que ésta es justa con las personas y el medio ambiente, evitando o reduciendo así la compra de productos del supermercado que han hecho muchos kilómetros con los altos costes ambientales que este transporte implica.

Cabe destacar en las estrategias e iniciativas comentadas, a pesar de considerarse aún muy recientes, el importante grado de colaboración entre los distintos niveles del gobierno, hecho que también está llevando a dar pasos hacia los objetivos establecidos en los tantos acuerdos internacionales (Agenda 2030-ODS, Pacto de Milán, CIN2, Decenio de Nutrición 2016-2025 de la ONU). Sin embargo, los cambios desde la perspectiva de la producción son solo uno de los lados de la historia. Mientras tanto se espera que los consumidores, o al menos los que puedan permitírselo, empiecen a cambiar sus hábitos de consumo “votando con la cartera”, es decir, financiando las iniciativas sostenibles y no a las que están llevando al planeta al colapso.

Las opiniones de los autores y las autoras no representan necesariamente el posicionamiento del PEMB.

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